jueves, 5 de mayo de 2011

Lucas

Está en la ducha. El café parece darle los buenos días. Lucas echa de menos a H. y también a V. pero por diversos motivos. En realidad la vida de Lucas está en un punto indeterminado entre H. y V. Necesita cambiar. No lo dirá, pero lo siente. Llegó a esta ciudad hace unos meses y sabe que pronto se irá. Al principio fue una especie de azar ahora ya no es un azar cualquiera, es ese afán de que un día no se parezca al día anterior.

Al salir de la ducha observa las pocas cosas que tiene. Un peso liviano. Lleva, sin embargo, una foto que deja en lo más parecido a una mesilla que encuentra. En ella aparecen los tres. Unos críos, piensa, sentados en las escaleras de atrás de casa de sus padres, bajo la sombra del árbol que hoy es sólo un tocón de madera. Él lleva el pelo largo, los pantalones con rodilleras que heredó de H., sus ojos miran de una forma torva al objetivo, recuerda que estaba enfadado, sin embargo, hay ternura en su manera de dejar caer levemente el cuerpo sobre V.

Una vez alguien comentó que esta foto era un ancla en su vida. Lucas aún piensa en ello y lo sabe, esa foto no es un ancla, se dice, al contrario es el motivo de su viaje, la necesidad de estar siempre entre dos puntos.

lunes, 18 de abril de 2011

Carta de V a H, 18 de abril de 2011

Comenzaré contándote que nunca dudé que sé nadar muy bien y que quizás no tenga sentido recordar esa tormenta de playa vacía, cuando la niebla y el viento lo llevaron todo. Era una mañana del 2006, M no había bajado al desayuno, tal vez por su mala noche. Esperé demasiado soportando los granos de arena que entraban en mis ojos, sé que había amanecido hacia mucho tiempo y que al no tener reloj no podía precisar la hora, pero el viento sopló desconsideradamente y si antes tenía pocas cosas en ese momento me quedó solamente una colección de servilletas.

Era común que nos escribiéramos más seguido, después fueron excusas de viaje, de tiempo, de pereza por ir al correo, yo prefiero quedarme sentada esperando a los bárbaros para saber con qué propuesta belicosa vendrán, esto está claro y no deja de ser saludable.

Sí será como aquella tormenta de la que M nunca se enteró, después supe y perdoné, porque lo suyo había sido la salud y su viento interno había sido de más de 290 km por hora.

Debe estar anocheciendo en tu casa y esperar es como hacer el muerto en el agua, sólo retorcerse hasta que el aire se termine, M ya no está para decirle que te escriba y que sus manos sepan guardar silencio.



PD. Opino que si hay tormenta voy a meterme debajo de un árbol y que me parta un rayo.



V

domingo, 3 de abril de 2011

Carta de Lucas a M. 3 de abril de 2011

Querido M:

Quién escribe cartas hoy en día. Lo sabemos. Pero escribir ayuda, porque escribir es ver. Escribir es darse cuenta, poner las cosas en claro. Ha habido momentos de oscuridad. La tarde declina más allá de la ventana. La luz deja un extraño aroma a azahar en esta provincia. No sé si lo recuerdas. La noche se extiende por el papel, escribo, tacho, remedo, una tras otra cada palabra. Nunca se me dio bien. V. y tú bien que os reíais cuando le escribíamos a S. Entra la noche por mis pulmones, la aspiro, inhalo noche, exhalo noche. El silencio acrecienta el vacío de  mi corazón. Ni siquiera los coches pasan, todo está imbuido en una extraña sensación de quietud y de vacío. Pero el vacío está lleno de la noche, de esa noche farragosa que no deja lugar para otras cosas. Noche de los sentidos y de la razón. 

Tanto tiempo sin escribirte. Te preguntarás por qué te escribo precisamente ahora. Por qué escribo así, y no sé cómo decírtelo. Tal vez me esté escribiendo a mí mismo. Pero es así como la noche me permite escribir. Me permite dejarte la sensación pero no el hecho, la anécdota que lo desencadena. Tal vez pueda al final relatarte los hechos.

Tal vez cuando salga el sol.

A la espera del alba, Lucas.

P.D.: ¿Encontraste las señas de V.? Encontrarás sus viejas cartas en el cajón de la cocina.

domingo, 20 de marzo de 2011

Carta de V, 20 de Marzo de 2011

  No sé por qué viene a la memoria contar esto. Era un plebeyo en el mundo del circo, tomaba antidepresivos, se enfundaba en un traje amarillo y levantaba un coche con una mano. Faltó poco para que la cantante de "Electric yeats" que hacía un numerito mientras cambiaban la escenografía y barrían la arena, lo engañara con el repartidor de Pepsi que se paseaba por las plateas.
Desde ese momento le declaró la guerra el entristecido plebeyo, comenzó a engordar y su fuerza no fue más que un envejecimiento neuronal prematuro que lo llevaron a dedicarse a entrar y salir de un cine porno diferente, según el circo se mudaba de ciudad. Democráticamente, lo soportaron un tiempo, pero entre las ventajas y desventajas que traía optaron por decirle adiós en un paso de frontera.
A la cantante le dijo:- Si yo muero, vos seguirás cantando.
Se supo que ella no le contestó nada y aceptó la histérica confesión tan íntima como un adiós.
No es para absolverla, ya ví que era una zorra pop pero él era un adicto irreparable de los que se atragantan con sushi, nutella y barras de avena y chocolate negro y metabolizan todo como si hubiesen comido un elefante.
Recordé esta anécdota por lo de "haber contado mi razón..."
Los circos parten...dicen que el plebeyo terminó limpiando un bar llamado SIGLO XX y desplegando una actividad pugilística por las noches.
Pensé:-¡Qué no se repita!

Saludos de una peregrina, usted tiene la última palabra.

V

martes, 15 de marzo de 2011

Carta de H, 15 de marzo de 2011

Querida V:

Reversible. Así es como he sentido tu carta. He cerrado los ojos y he sentido esa lluvia, esta lluvia de ti. Te he visto doblando la hoja, humedeciendo el borde engomado del sobre, cerrándolo. He notado la presión del bolígrafo al escribir el remite, cierta nostalgia de mí, de aquellos que están lejos, pero que están, y luego el cuidado, el deseo de que la letra demuestre al amor que la caligrafía es un arte de afectos, un cuidado de mí. De ti.

Luego he reescrito al revés tu carta. Te he dicho adiós, te he contado mi razón de vida, te he saludado. He puesto la fecha y me he quedado en la intención, en el deseo que mueve todas las cartas.

Dice Pessoa que todas las cartas de amor son ridículas. Espero que ésta también te lo haya parecido.

H.

domingo, 6 de marzo de 2011

Carta de V , 6 de Marzo de 2011

  A veces llueven cosas que no son certezas, a veces las telas encojen con esas lluvias, cuando nos olvidamos de sacar la ropa de la soga.
  A veces llueven las fotos que nunca rebelé de aquellos días invisibles, a veces llueve a mi alrededor una lluvia mansa como vaca y otras veces desconozco la masacre que dejé en mi jardín.
Los yuyos crecen verdes, fuertes y en silencio, nosotros escapamos de sus movimientos.
  A veces hay cierta sutileza en tus palabras de vuelta y no comprendo si eso ahuyenta o condena.
Debería intentar que llueva una eternidad para ponerme como excusa no dejar de escribirte.
  A veces hay una gran culebra entre mis manos por eso no llego, no es que no quiera, es que la lluvia se ha situado en Babilonia y es allí donde vivo, pero sólo balbuceo.
Estoy comenzando con los idiomas, aunque siento a los demás como si me comprendieran.

Este cadáver sin urgencia espera respuesta.

V

jueves, 3 de marzo de 2011

Carta de H, madrugada del 4 de marzo

Lo escribí sobre una caracola. De pronto se me agolparon las ideas. Como ahora, tenía un montón de cosas que decir. Ayer fue tres del marzo. ¿Te acuerdas? La cabeza me hierve, pero tengo que dormir. Tendré que dormir. De pronto noto como el cansancio viene por un río desde el fondo de la noche, desde el fondo del pasillo, pero es un río oscuro de aguas oscuras, un pasillo largo y tedioso por el que no termina de llegar.

Lo recuerdo con claridad. Lo escribí sobre un folio con una caracola dibujada. Ahora veo con claridad por qué lo hice, lo hice para que todo el mundo lo supiera. Lo he encontrado mientras ordenaba el estudio, que ha quedado vacío desde la marcha de Lucas. ¿Te acuerdas? Eran jóvenes y me habían pedido unas palabras para su boda. Di vueltas como el agua que brota de un manantial a borbotones, sin cauce, todo torrente, porque no supe decir que no. Al final escribí con urgencia sobre aquel folio con una caracola dibujada. Sé que te cabreaste. Estuviste toda la tarde coloreando aquellos trazos para que luego llegara yo y urgido por la premura de la memoria o tal vez de la no memoria escribiera sobre tu dibujo. Pero también vi tu sonrisa, tu leve mueca de aprobación después. 

Ahora que es agua pasada la caracola dirá su palabra como una canción de arena:


Con la marea de los buenos sentimientos,
con la suave inclinación de las palabras
sobre el oído cálido
que era una caracola,
con gravedad, igual que giran los planetas
unos sobre otros,
con esa rotación de cuerpos que se atraen,
de caras nuevas que se incendian de una forma
elemental,
conforme al hilo del amor,
con todo aquello que una vez se ha dicho
es verdad para siempre y para todos.

Así de esa manera tan sencilla,
― caía lentamente como un sueño
la noche de verano― como dos mitades
con su haz de luz y su haz de sombra,
su envés y su revés, su cara y cruz,
se encontraron el uno frente al otro,
las manos silenciosas,
los ojos constelados,
completándose,
en una melodía encadenada.